Las movilidades humanas contemporáneas se desarrollan en escenarios regionales y globales atravesados por profundas transformaciones sociales, económicas y políticas. En América Latina, las migraciones por razones económicas y las movilidades forzadas tienen lugar en contextos marcados por violencias múltiples e interseccionales que se expresan en los espacios de origen, tránsito, recepción y retorno, configurando un continuum de violencias caracterizable como una forma contemporánea de necropolítica (Varela et al., 2020; Mbembe, 2016). En este marco, se ha intensificado la securitización de las migraciones mediante políticas que asocian la movilidad humana con el riesgo y la amenaza, promoviendo el endurecimiento de los controles fronterizos, la expansión de dispositivos de vigilancia y la criminalización de personas migrantes y refugiadas (Domenech, 2020; De Genova y Peutz, 2010). Paralelamente, la reemergencia de nacionalismos excluyentes y discursos de ultraderecha refuerza la construcción de las personas migrantes como amenaza, profundizando distintas formas de violencia y exclusión (Gallagher, 2025; Hing, 2026).
Estos procesos se profundizaron en los escenarios postpandémicos, período en el que se intensificaron los mecanismos de control y se redefinieron las estrategias de movilidad a escala regional y global (Coraza y Arriola, 2022; Uriarte y Fossatti, 2022). Lejos de detener los desplazamientos, estas medidas han contribuido a precarizar las trayectorias migratorias, aumentando la exposición a situaciones de violencia y profundizando desigualdades preexistentes (Uriarte y Coraza, 2025; Prieto et al., 2024; Pedemonte et al., 2022; Zapata et al., 2022; Vera Espinoza et al., 2021).
En este contexto, Uruguay ha experimentado importantes transformaciones en sus dinámicas de movilidad humana. Desde comienzos del siglo XXI, el país se ha consolidado como espacio de destino, tránsito y retorno de personas migrantes, acompañando las tendencias regionales de creciente movilidad intrarregional. Este proceso ha implicado un incremento sostenido de la población nacida en el exterior, principalmente proveniente de países latinoamericanos, así como una creciente diversificación de orígenes y trayectorias migratorias (MIDES, 2017; Prieto y Márquez, 2019; Prieto y Montiel, 2020; Bengochea y Madeiro, 2020).
Según los datos del Censo 2023, la población nacida en el exterior representa aproximadamente el 4% de la población total del país, duplicando prácticamente su peso relativo respecto al censo anterior. Más de la mitad de esta población ingresó a Uruguay entre 2012 y 2023, predominando las personas provenientes de Venezuela, Argentina, Cuba y Brasil, junto a una creciente diversidad de procedencias regionales e internacionales (INE, 2023; INE, 2024).
Estas transformaciones han contribuido a complejizar la composición social de un país históricamente asociado a narrativas de homogeneidad cultural y de origen europeo común (Arocena, 2009; Taks, 2006). La movilidad humana contemporánea se configura así como un fenómeno cuantitativamente acotado pero socialmente significativo, que interpela las formas de construcción de la diversidad, la pertenencia y la ciudadanía en la sociedad uruguaya.
Las investigaciones desarrolladas en Uruguay muestran que las personas migrantes enfrentan escenarios ambivalentes de inclusión y exclusión. Si bien existen importantes avances normativos en materia de reconocimiento de derechos, persisten obstáculos para su ejercicio efectivo en ámbitos como el empleo, la vivienda, la educación y la salud (MIDES, 2017; Rivero, Incerti y Márquez, 2019; Uriarte, 2020; Da Silva Ramos, Sánchez-Muñoz y Viera Cortázar, 2024; Uriarte et al., 2024). Estas dificultades se expresan en fenómenos de sobrecualificación laboral, segmentación ocupacional, precariedad habitacional, barreras administrativas y experiencias de discriminación que afectan de manera diferenciada a distintos colectivos migrantes.
Asimismo, la evidencia señala que estas desigualdades tienden a profundizarse cuando se articulan con otras dimensiones de diferenciación social, como el género, la racialización, la orientación sexual o la posición socioeconómica. En este sentido, comprender las dinámicas de movilidad humana en Uruguay requiere adoptar perspectivas que atiendan a la complejidad de las trayectorias migratorias y a los múltiples factores que intervienen en los procesos de inclusión, exclusión y producción de desigualdades.
Desde esta perspectiva, el estudio de las movilidades humanas permite comprender no solo los desplazamientos de personas entre territorios, sino también las transformaciones sociales, culturales, económicas y políticas que dichos procesos producen en las sociedades contemporáneas. En el caso uruguayo, la movilidad humana constituye un campo privilegiado para analizar las tensiones entre diversidad y pertenencia, derechos y desigualdades, fronteras y ciudadanía, así como para contribuir a la construcción de políticas públicas más ajustadas a la complejidad de los procesos migratorios actuales.